viernes, 12 de diciembre de 2025

Resumen de la Carta Apostólica de León XIV sobre la importancia de la arqueología

                                                                 Resumen de la

CARTA APOSTÓLICA
DEL SANTO PADRE
LEÓN XIV
SOBRE LA IMPORTANCIA DE LA ARQUEOLOGÍA
CON MOTIVO DEL CENTENARIO
DEL PONTIFICIO INSTITUTO DE ARQUEOLOGÍA CRISTIANA

 


Cuando la fe deja huellas:

la arqueología como memoria viva

que sostiene esperanza

Su Santidad el Papa León XIV no escribe esta Carta Apostólica (el 11 de diciembre de 2025) solo para celebrar un centenario. La escribe porque percibe una necesidad espiritual y cultural muy concreta: vivimos “rápidos cambios”, crisis humanitarias y transiciones culturales, y en ese torbellino hace falta una sabiduría capaz de custodiar y transmitir lo esencial. El Papa coloca el centenario del Instituto dentro de ese desafío: no como un recuerdo bonito, sino como una ocasión para que la Iglesia se pregunte qué significa hoy vivir con raíces sin quedarse atrapada en el ayer.

Y por eso el documento se abre con una afirmación que, en realidad, es un programa: la memoria del pasado, iluminada por la fe y purificada por la caridad, es alimento de esperanza. Aquí está el primer hilo profundo del texto: la memoria cristiana no es una mirada hacia atrás por miedo al presente; es una manera de caminar hacia adelante sin perder la identidad. El Papa enlaza el “Jubileo de la paz” de 1925 con un nuevo Jubileo en un mundo marcado por guerras: como si dijera, con sobriedad, que la historia no se repite mecánicamente, pero sí nos enseña que la esperanza necesita aprender a respirar incluso en tiempos heridos.

 

1.- Memoria: no como archivo,

sino como conciencia compartida

La Carta Apostólica no entiende la memoria como un almacén de datos, sino como lo que permite a una comunidad saber quién es. Por eso Su Santidad introduce a Francisco: estudiar y narrar la historia mantiene encendida “la llama de la conciencia colectiva”; de lo contrario queda una memoria individual, fragmentada, sin verdadero nexo con la comunidad humana y eclesial. Esta nota [1] es crucial porque le da al argumento un tono pastoral y comunitario: la memoria no sirve solo para “saber cosas”, sino para pertenecer y reconocerse como pueblo.

En el fondo, el Papa está defendiendo una tesis muy simple y muy exigente: una Iglesia sin memoria viva corre el riesgo de volverse amnésica de sí misma; y una comunidad amnésica termina siendo vulnerable a lo inmediato, a la moda, a la emoción del momento. No lo dice con dramatismo, lo dice con serenidad, pero el subtexto es claro: la esperanza cristiana no se improvisa cada mañana; se alimenta de una historia concreta donde Dios ha actuado.

 

2.- El Instituto como “casa”:

cuando la Iglesia organiza la memoria con rigor

Por eso, al hablar del Pontificio Instituto de Arqueología Cristiana, el Papa lo llama —con todo lo que sugiere esa palabra— una “casa”. No una vitrina. No un club. Una casa donde se aprende con rigor a escuchar lo que la historia aún puede decir.

Su Santidad recuerda el gesto fundacional de Pío XI con el Motu Proprio Los cementerios primitivos (11 de diciembre de 1925): la creación de un instituto de alta formación, de doctorado, coordinado con otras instituciones, para orientar “con el máximo rigor científico” los estudios sobre los monumentos del cristianismo antiguo y reconstruir la vida de las primeras comunidades. La nota [2] no es un detalle técnico: muestra que este proyecto nació con finalidad formativa y eclesial muy concreta (profesores, responsables de excavaciones, conservadores de monumentos, museos, etc.). Es decir: la memoria cristiana, para ser fecunda, necesita también instituciones que la custodien y la enseñen.

Aquí entra la nota [3], con Pío XI y Lux Veritatis: la historia como “luz de verdad y testimonio de los tiempos” si se consulta correctamente y se examina con diligencia. Este apoyo es decisivo porque deja claro que el Papa no está proponiendo arqueología como adorno sentimental, sino como disciplina que sirve a la verdad. Hay un mensaje implícito, muy actual: el amor a la Iglesia no se demuestra solo con entusiasmo; también con método, paciencia y honestidad intelectual.

Y el Papa no se queda en teoría: recuerda la proyección internacional del Instituto, su actividad científica, sus intercambios, su fidelidad al contacto directo con fuentes y monumentos. Incluso menciona momentos en que el Instituto fue promotor de paz y diálogo; el ejemplo de Espalato durante la guerra en la antigua Yugoslavia está sostenido por la nota [4]. Aquí aparece un matiz precioso: la arqueología, aun siendo ciencia, puede convertirse en una forma de puente; porque trabajar con la memoria real —con lo que es común y profundo— tiene capacidad de desactivar ciertos fanatismos del presente. Su Santidad lo sugiere sin grandilocuencia, pero lo deja apuntado.

Cuando menciona a Giovanni Battista de Rossi como “incansable estudioso” y fundamento de la disciplina, apoyado por la nota [5], el Papa subraya algo más que un nombre: subraya una actitud. Incansable, riguroso, fundante. Es casi un retrato moral del buen investigador… y, por extensión, del buen formador: alguien que sirve a la verdad sin cansarse.

 

3.- La frase-núcleo:

El cristianismo no nació de una idea,

sino de una carne

En el centro del documento, Su Santidad formula una pregunta muy contemporánea: en tiempos de inteligencia artificial y exploración de galaxias, ¿qué puede aportar la arqueología cristiana? Y responde con la afirmación más decisiva de toda la Carta: el cristianismo no nació de una idea, sino de una carne; no de un concepto abstracto, sino de un vientre, de un cuerpo, de un sepulcro. Aquí está el corazón: la arqueología no es un apéndice cultural, sino una aliada natural de la fe cristiana, porque la fe cristiana confiesa una Encarnación histórica.

La nota [6] —Poncio Pilato en el Credo— funciona como ejemplo de “sentido común teológico”: la fe cristiana se atreve a confesar con coordenadas históricas. No habla en el vacío. Habla en la historia. Y eso significa que la historia no es enemiga de la fe, sino su lugar.

Desde ahí cobra su verdadero peso la referencia a 1 Jn 1,1 (“oído, visto, contemplado, tocado”). El Papa presenta la arqueología cristiana como una forma de obediencia a esa lógica sensorial del cristianismo primitivo: no para quedarse en lo visible, sino para dejarse conducir hacia el Misterio. Y aquí aparece una expresión muy potente: “teología de los sentidos”. La arqueología enseña a mirar de otra manera: a tocar sin poseer, a contemplar sin consumir, a respetar sin manipular.

En ese punto, Su Santidad introduce una pedagogía profunda: el fragmento importa. Un mosaico roto, un grafito, una inscripción olvidada… pueden contar “la biografía de la fe”. Esto no es romanticismo; es una disciplina interior. La arqueología educa en humildad: enseña a no despreciar lo pequeño, a leer silencios, a intuir lo que ya no está escrito. La llama “ciencia del umbral” porque se mueve entre historia y fe, materia y Espíritu, antiguo y eterno. Y esto, dicho con sencillez, tiene consecuencias formativas enormes: forma un tipo de inteligencia paciente, que no confunde rapidez con profundidad.

Cuando el Papa habla de “sostenibilidad cultural” y “ecología espiritual”, no está haciendo un guiño: está describiendo una actitud ante la realidad. Frente a una cultura del consumo, la arqueología enseña conservación y respeto; y sugiere —con una frase que vale oro para cualquier tarea pastoral— que esa mirada puede enseñar mucho a la catequesis y a la pastoral de hoy. Porque no todo se transmite con prisa: a veces, lo esencial necesita ser “excavado”, es decir, descubierto con paciencia.

Y añade una idea que, si la escuchamos bien, es casi una parábola: herramientas modernas permiten obtener nueva información de hallazgos antes considerados insignificantes; por tanto, nada es realmente inútil o perdido, incluso lo marginal puede devolver significados profundos. Por eso, dice, la arqueología es también una escuela de esperanza. Es una forma de aprender que la historia —y con ella la vida— no se agota en lo que a primera vista parece “poca cosa”.

 

4.- Teología y formación:

no es accesorio, es fundamental

Su Santidad no deja este punto en el aire. Lo ancla con la nota [7]: Veritatis gaudium afirma que la arqueología, junto con la historia de la Iglesia y la patrística, debe formar parte de las disciplinas fundamentales para la formación teológica. El Papa traduce esto a un criterio pedagógico: quien estudia teología debe conocer el origen de la Iglesia y cómo ha vivido la fe a lo largo de los siglos; si no, la teología corre el riesgo de volverse desencarnada, abstracta, ideológica. En cambio, cuando acoge a la arqueología como aliada, la teología aprende a escuchar el “cuerpo” de la Iglesia, a leer signos, heridas, continuidades y rupturas, sin idealizar.

Aquí aparece un pensamiento profundo sobre la Revelación: Dios ha hablado en el tiempo, a través de acontecimientos y personas; la Revelación es histórica; por eso su comprensión requiere atención a contextos históricos, culturales y materiales. La arqueología ilumina textos con testimonios materiales, interroga fuentes, a veces confirma tradiciones, a veces reubica, a veces abre preguntas. Y el Papa añade algo importante: todo esto es teológicamente relevante, porque una teología fiel debe permanecer abierta a la complejidad de la historia. No se trata de complicar por gusto; se trata de ser fieles a cómo Dios ha querido revelarse: dentro de la historia real.

 

5.- Memoria que evangeliza:

El pasado como palabra para hoy

En “Una memoria para evangelizar”, el Papa muestra que desde los orígenes la memoria fue esencial: no un simple recuerdo, sino una reactualización viva de la salvación. Las primeras comunidades conservaron palabras, sí, pero también lugares, objetos y signos. No para coleccionarlos, sino para dar testimonio de que Dios entró realmente en la historia y que la fe no es filosofía, sino camino concreto en la carne del mundo.

Aquí la nota [8], con el discurso de Francisco sobre las catacumbas, tiene una función muy clara: ofrecer un ejemplo de cómo un lugar habla, y de cómo “todo habla de esperanza y de vida”. Su Santidad integra esa perspectiva para mostrar que la arqueología cristiana puede ser un instrumento precioso de evangelización: parte de la verdad de la historia y se abre a la esperanza cristiana y a la novedad del Espíritu.

El Papa amplía los destinatarios: creyentes que redescubren raíces; alejados y no creyentes que, en el silencio de tumbas o en la belleza de basílicas paleocristianas, encuentran un eco de eternidad; jóvenes que buscan autenticidad y concreción; estudiosos que ven una realidad históricamente documentada; peregrinos que descubren sentido de camino e invitación a la oración por la Iglesia. Y subraya el valor del diálogo: la arqueología puede tender puentes entre mundos distantes, culturas, generaciones, periferias. Aquí el pensamiento profundo es este: la memoria cristiana no es una frontera; puede ser un lugar de encuentro.

 

6.- Volver a los orígenes:

No para copiar, sino para discernir

Uno de los pasajes más finos del documento llega cuando Su Santidad advierte: volver a los orígenes no es mera restauración ni “culto del pasado”. La verdadera arqueología cristiana es memoria viva: capacidad de hacer que el pasado hable al presente; sabiduría para discernir lo que el Espíritu Santo ha suscitado en la historia; fidelidad creativa, no imitación mecánica. Esta frase concentra un criterio formativo de primer orden: el pasado no se idolatra, se escucha; y se lo escucha para distinguir lo esencial de lo secundario, el núcleo original de las incrustaciones de la historia.

En esa línea, el Papa ve en la arqueología un posible “lenguaje común”: base compartida, memoria reconciliada, reconocimiento de pluralidad de experiencias eclesiales y unidad en la diversidad. Dicho de modo sencillo: cuando uno toca las fuentes, aprende a discutir menos por caricaturas y a escuchar más lo que realmente ha sido.

 

7.- La llamada final:

Estudiar, colaborar, divulgar (y no desanimarse)

Su Santidad vuelve entonces al presente con una pregunta que interpela: Pío XI fundó el Instituto en dificultades; ¿somos hoy capaces de creer en la fuerza del estudio, la formación y la memoria, e invertir en cultura a pesar de la crisis y la indiferencia? Ser fieles al espíritu fundacional es “relanzar”: formar personas capaces de pensar, cuestionar, discernir y narrar; no encerrarse en un saber elitista, sino compartir, divulgar, involucrar.

Al final, el Papa se dirige a obispos y responsables de cultura y educación para que animen a los jóvenes —laicos y sacerdotes— a estudiar arqueología; y a estudiosos, profesores, estudiantes e investigadores para que perseveren: incansables en la búsqueda, rigurosos en el análisis, apasionados en la divulgación; fieles al sentido profundo del compromiso: hacer visible el Verbo de la vida, testimoniar que Dios se ha hecho carne, que la salvación ha dejado huellas, que el Misterio se ha convertido en narración histórica. 

jueves, 26 de enero de 2012

La solidaridad en la Unidad Pastoral de Cevico de la Torre

La solidaridad del Cerrato

Escrito por Medios Comunicacion Jueves, 26 de Enero de 2012

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Por segundo año consecutivo, las parroquias de Cevico de la Torre, Alba de Cerrato, Valle de Cerrato y Vertavillo han mostrado su solidaridad con los más necesitados. Alentados por su párroco, Roberto García, han puesto en marcha la recogida de alimentos que enviarán a Cáritas Diocesana para que lo hagan llegar a las familias que están pasando por momentos críticos.

En este sentido, a través de las juntas parroquiales de la Unidad Pastoral de Cívico se han recogido numerosas cajas con productos no perecederos. Se estima que se hayan recaudado más de 200 kilos. Sobre todo, legumbres, azúcar, pasta, aceite etc. La iniciativa surgió con una acción dentro del tiempo de Adviento para tomar conciencia de la necesidad de ser solidarios con las personas que lo están pasando mal.


domingo, 17 de junio de 2007

Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.



DOMINGO X DELTIEMPO ORDINARIO, ciclo C.
17 de junio de 2007
EVANGELIO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 7, 36-8, 3

No es novedad que aquí en España estamos de exámenes, y que los sufrimos todos, los jóvenes, los padres, los abuelos y hasta los confesores. Digo, hasta nuestros políticos que acaban de pasar un examen con las elecciones.
Pues nuestro fariseo, Simón, invitó a Jesús con animo de examinarlo de profetismo, para asegurarse si Jesús era o si no era profeta… y por cierto que cuando vio como aceptaba el cariño y las lágrimas de la pública pecadora lo suspendió sin remedio: “si este fuera profeta sabría quien es esta mujer”. De lo que no se dio cuenta el buen Simón es de que, al mismo tiempo, él estaba pasando un examen. Y aunque estaba contento de cómo llevaba sus asignaturas, se le olvidó una especial.
Fariseo, estricto cumplidor de todas las leyes, todos los ayunos cumplidos, oraciones al entrar y salir de casa, limosnas al Templo, asistencia ejemplar a la sinagoga y muchos lavatorios de pies y manos para no contaminarse con nada, ni con nadie. Hasta el susto que le dio la irrupción de una mujer, y tal clase de mujer, en un banquete estrictamente para hombres, vino a confirmarle en lo bien que llevaba él todo con Dios, porque él nunca había caído tan bajo como ésa, como esa mujer pecadora. Y aquí comenzó a echar de menos su olvidada asignatura.
Por su parte, aquella mujer, que se saltaba todas las normas sociales llenas de hipocresía, venía arrastrando asignaturas pendientes toda su vida, y había llegado a tener una bola tal que no sabía por dónde salir. En algún pequeño rincón limpio de su corazón ardía un enorme deseo de dejar de ser cosa, de dejar de ser objeto de mercado, de empezar a ser considerada persona, de encontrar una mirada limpia, un corazón limpio que iluminase la suciedad de su alma y de su cuerpo. Y encontró la mirada de Jesús y su pobre corazón explotó en muestras de agradecimiento.
Y Jesús se olvidó de todas sus asignaturas pendientes y no miró más que lo bueno de aquel rincón de su corazón, su deseo de salir del fango, su amor y su gran agradecimiento. Y la mujer consiguió la aprobación de Jesús: “¡tus pecados están perdonados!”… y a Simón no le valieron sus perfectos esquemas, porque para Jesús la asignatura del amor es definitiva.
“Simón tengo algo que decirte”. ¿Cada uno de nosotros no podría ser interpelado por el Señor de esta manera?
--tengo algo que decirte… que ante Dios no es el número de buenas obras lo que cuenta.
--tengo que decirte… que no es el cumplimiento externo de normas y leyes.
--tengo que decirte… que no es lo importante lo satisfecho que estás contigo mismo, sino lo que Dios piensa de ti.
--tengo que decirte… que aun la fe no vale nada sino va acompañada de obras de amor a los demás.
--tengo que decirte… que los juicios de Dios son enteramente distintos a los de los hombres
--tengo que decirte… que nunca hay razón suficiente para despreciar a nadie, aunque sea una pública pecadora.
Acabó el banquete…
**y Simón se quedó en casa con sus libros de cuentas en rojo, como si nunca en su vida nunca hubiera ingresado nada.
**la mujer se fue en paz, en paz con Dios, en paz consigo misma, solo la sociedad hipócrita seguiría marginándola
**y Jesús se marchó, de ciudad en ciudad, acompañado de mujeres como la pública pecadora, sin sonrojarse por ello, sin hacer caso de la prudencia que le hubiéramos aconsejado nosotros, si le hubiéramos mujeres de la calle de la Cruz, de la Montera o de la calle Valverde… por mucho que nos asegurasen su conversión. A Jesús no le asustan los escándalos, a Jesús solo le asusta y le duele la dureza de nuestro corazón.

martes, 12 de junio de 2007

Manda el porro a la porra





Manda el porro a la porra (CARTA PASTORAL DEL OBISPO DE PALENCIA A LOS JÓVENES)


El título de esta carta no es invento mío, no pretendo ser original. Lo escuché por primera vez en el estribillo de una canción cristiana. Me llamó la atención porque es una expresión un tanto provocativa, que bien puede darnos pie para abordar el problema moral de la relación de los jóvenes con las drogas. Poco importa que sea botellón, porros, rayas, pastillas, etc. Ya te imaginas de lo que quiero hablarte.
Con frecuencia, dentro de la Iglesia, hablamos de vosotros los jóvenes y de vuestros problemas. Sois objeto de esperanza y de preocupación para muchos de nosotros. Pero quizás nos falta hablar directamente con vosotros. El caso es que esta carta ha caído en tus manos de una forma u otra… El caso es que tú tienes fe, o la has tenido, o no sabes muy bien si la tienes o no… El caso es que has consumido drogas alguna vez, o al menos te lo han propuesto, o ¡quién sabe! si eres consumidor esporádico o habitual… De lo que sí estoy seguro es de que has visto las drogas de cerca y de que tienes conocidos que las consumen.

¿No hay problema?
No es cuestión de mirar para otro lado o de meter la cabeza debajo del ala. Aquí hay un problema muy gordo. En el mes de septiembre se dio a conocer el dato, de que España es el país europeo que lidera el ranking de consumo de drogas. En los últimos diez años el consumo de cocaína se ha multiplicado por cuatro y el de cannabis se ha duplicado. Por si fuera poco, la edad de inicio en la droga es cada vez más temprana.
Los problemas originados son fuertes y de muchos tipos: psiquiátricos (esquizofrenias, psicosis, depresiones…), psicológicos (desinhibición, falta de reflejos…), físicos (apetito desmedido, propensión a ataques de corazón, problemas respiratorios…), familiares, afectivos, laborales, escolares, de amistades, etc.
Pero, desde mi punto de vista, el prisma principal desde el que debe ser abordado el consumo de las drogas es el moral. A mí no me gustaría que un joven decidiese dejar las drogas, presionado solamente por motivos médicos, laborales, policiales, familiares, etc. Todas esas cosas, aun siendo importantísimas, son externas, y no servirían de mucho si no descubrimos el “bien moral”, como la razón principal de nuestras decisiones. Imagino que te preguntarás qué es el bien moral… Ten un poco de paciencia e intentaremos explicarlo.


No estamos ante la droga de la curiosidad
Los comienzos de la droga pudieron ser achacables a la curiosidad por lo desconocido, al morbo de lo prohibido, etc. Hoy en día, sin embargo, no creo que nadie entre en el mundo de la drogas por "desinformación" o por mera "curiosidad". A los niños, desde pequeños, se les habla del tema y, según van creciendo, ven a su alrededor, con sus propios ojos, las desastrosas consecuencias que acarrea. Sin embargo, la mera información, por sí misma, no ha sido capaz de detener esta "epidemia".

Tampoco estamos hoy ante la droga de la rebeldía
Hubo un tiempo en el que la droga pudo verse acompañada de connotaciones contestatarias. Era la droga de la rebeldía y la insumisión, con especial incidencia en el mundo hippie y en otros movimientos radicales. Han pasado esos tiempos. Hoy en día fumarse un porro, lejos de ser un signo de rebeldía, es signo de integración y sumisión a la cultura dominante.
El problema que hoy se plantea es muy distinto al de la lucha rebelde por la libertad que en un tiempo movió masas. Ya tenemos la libertad, y ahora, ¿qué hacemos con ella?

Droga de la “falta de sentido”
La droga de nuestros días se impone por defecto, quiero decir, por falta de ideales firmes y trascendentes. Es como si el organismo estuviese bajo de defensas, y entonces coge fácilmente cualquier virus que ande por ahí suelto. Nos falta afirmarnos en el sentido de nuestra existencia, caer en la cuenta de que nuestra vida responde a una vocación.
Esta es la cuestión clave: La cuestión del sentido. ¿Para qué tantos sacrificios, metas, obstáculos, agobios? Difícilmente se le puede pedir a alguien que se sacrifique en el día a día, si no le ha sido mostrado el sentido de su existencia. Solamente cuando descubrimos que venimos del amor y que volvemos a él, venciendo el sufrimiento y la muerte, es cuando podemos dar lo mejor de nosotros mismos.
Los cristianos hemos descubierto en Jesucristo la “clave del sentido” de la existencia, y es la que te proponemos. Este es el bien moral del hombre: descubrir su vocación al amor y entregarse a ella. Como comprenderás, las drogas no tienen sitio en esta perspectiva.

Existe la tentación. La carne es débil
Pero, con lo anterior, no quiero decirte que aquí lo importante sea tener las ideas claras, y que con eso ya esté todo solucionado. Por desgracia, las cosas no son tan sencillas. Nuestros ideales conviven con nuestras debilidades. Jesucristo mismo dijo: “El espíritu es fuerte, pero la carne es débil” (Mt. 26, 41). De lo cual se deduce que hemos de disponernos a la batalla espiritual. El que no lucha, sucumbe espiritualmente. Eso es seguro.
Se nos dice engañosamente que “hay que ser espontáneos, dejarse llevar por los propios impulsos…”, olvidando que existe dentro de cada uno de nosotros una tendencia espontánea al egoísmo, reforzada por los vicios que hemos ido adquiriendo a lo largo de nuestra vida. El principal enemigo lo tenemos en nosotros mismos. Quien abre los ojos a esa realidad, está en una situación privilegiada para orientar la batalla de su vida. No podemos identificar “deseo” y “voluntad”. Sería un error gravísimo de nefastas consecuencias. Es imprescindible ejercitarse en negarnos a nosotros mismos determinados “deseos”, si no queremos padecer la tiranía de nuestro propio capricho.
Yo, personalmente, no conozco a nadie que se haya iniciado en las drogas tras una decisión madura y libre. Más bien, he escuchado expresiones como las siguientes: “empiezas a lo tonto”, “para cuando quieres darte cuenta…”, etc. En el mundo de las drogas, no te conduces, sino que eres arrastrado.
Los cristianos comprendemos todavía mejor lo dicho hasta aquí, porque la Biblia nos descubre la existencia y el influjo en nosotros de un pecado original que nos arrastra al mal. A esto se añade la tentación de Satanás y sus ángeles caídos. Jesús experimentó las tentaciones y nos enseñó a enfrentarnos a ellas con decisión (Mt. 4).

¿En medio del fuego y sin quemarse?
Una tentación, y no pequeña, es la tendencia a complacer al mundo que nos rodea. Suele ocurrir, curiosamente, que el mismo joven que tiende a ser un inconformista en el seno familiar, sin embargo, luego pase a ser complaciente, a ser un “enrollado” en la calle. Te propongo para tu meditación este pensamiento que recientemente leía en un libro: “Quien no esté dispuesto a dar la espalda al mundo, se llevará la sorpresa de que en poco tiempo el mundo le dará la espalda a él”.
Aunque nos suela humillar el reconocerlo, el entorno nos influye bastante más de lo que suponemos. El ambiente “nos hace”, de la misma forma que nosotros hacemos el ambiente. No es prudente suponer que vayamos a estar habitualmente en medio del fuego, sin quemarnos.
Como cristianos debemos acercarnos al necesitado. ¡Y quién más necesitado que el que padece la esclavitud de las drogas! Pero, no nos engañemos, ese acercamiento conviene que lo busquemos en la intimidad del encuentro personal. ¿No te ha ocurrido algún fin de semana, que te hayas sentido fuera de lugar por verte en medio de un ambiente en el que todos están “morados”? Difícilmente podrá ser ese el momento para forjar amistades sinceras o para ayudar a alguien.
La caridad cristiana nos impulsa a hacernos presentes o a ausentarnos, discerniendo cuándo nuestra presencia ayuda de forma eficaz, o, cuándo, por el contrario, va a resultar un comodín para “normalizar” comportamientos anormales. Cuando se nos pide que seamos “tolerantes” con los compañeros que se drogan, tengamos cuidado de no confundir las cosas: lo que no podemos es ser convidados de piedra, permaneciendo en silencio, indiferentes ante la autodestrucción de nuestros propios amigos.

Ocio y drogas
Una de las características principales de la droga en nuestros días es su estrecha relación con la cultura del ocio. El consumo de determinadas drogas está cuasi indisolublemente unido a algunas fiestas, conciertos, etc.
Hay un dato que es bastante claro: quienes “soportan” o “aguantan” los días laborables del calendario, suspirando ansiosamente por la llegada del fin de semana para disfrutar a tope, son los candidatos principales al consumo de drogas.
Digámoslo claramente: La felicidad no es fruto únicamente de la diversión. En realidad, si no eres feliz el miércoles, tampoco lo vas a ser el sábado por la noche. El motivo es muy sencillo: no es lo mismo “ser alegres” que “ponerse alegres”. La felicidad no está al alcance de una moneda ni de una sustancia química.
Hay quienes reconocen que la droga no les hace felices, pero que es lo único que les consuela de no serlo… Lo malo es que quien recurre al sucedáneo de la felicidad, fácilmente deja de buscar la auténtica. Volvemos aquí al principio de esta carta: La verdadera felicidad depende de que el hombre alcance su “bien moral”. Depende, entre otras cosas, de que sepamos integrar las cruces de nuestra vida en la vocación al amor, para la que hemos sido creados.

Sé humilde y Dios te bendecirá
¿Tienes ya problemas con las drogas? No lo dudes, PIDE AYUDA. Sé humilde y Dios te bendecirá. Más vale ponerse una vez rojo, que veinte veces amarillo. Ya suponemos que tu realidad dista mucho de coincidir con el “gigante de tus sueños”, pero tampoco tiene nada que ver con el “enano de tus miedos”. Ni lo uno, ni lo otro: ni gigante ni enano. La verdad es que Dios te quiere como eres, pero te sueña distinto. Y, ¿sabes qué? Los sueños de Dios, a diferencia de los nuestros, ¡se hacen realidad!
Hay muchas razones para luchar por la verdadera libertad, por una vida sin drogas. Tantas, como razones para el amor, la fe y la esperanza. Dios no sólo te pide que dejes la droga, sino que te da su “gracia” para poder hacerlo. Y… ¿qué es la gracia, sino la compañía de Dios que camina junto a ti? ¡No te sentirás nunca solo en ese camino de liberación!


Æ D. José Ignacio Munilla.
Obispo de Palencia
Noviembre de 2006

Villamatín de Campos, un pueblo de castilla

Villamartín de Campos, dentro de pocos días va ha celebrar la gran fiesta en honor a su santo patrón: SAN ANTONIO DE PADUA. Aunque algún portugués me está gritando diciéndome que no es de Padua, sino de un pueblo pequeño llamado Lisboa.